En sus ojos se podía ver el mar,
las olas golpeaban
lentamente sus mejillas...
Entraba por la ventana
la crisálida luz del alba,
sangraban los ríos
entre lágrima y lágrima...
Ángeles negros venían a buscarla,
y la tranquilida ya no reinaba.
En sus ojos se podía ver el mar,
las olas golpeaban
lentamente sus mejillas...
Mientras un canto tenaz
daba su salida...
La oscuridad se propagaba,
ya no había más esperanza.
Y en el lejano cielo
de las siete vivaces llamas
un lejano horizonte se divisaba.
Att: Bárbara Gil







